Mira qué paisaje, modelo a escala, todo en su sitio, qué armonía, una orquesta, esta noche en la Opera, mañana en el Teatro Colón, un concierto, un baile, partitura leída muy bien, un solo, todo se contempla, satisface, provoca. En la mesa, el café concierto, es un invitado, fuera de concurso, una gran inversión la mejor silla para verlo; pero, en el corrientazo, el pavimento, el espacio de la masa, ese no es el campeón porque no hizo los números que necesitaba, o ese no es el mejor porque viene de una categoría más abajo, está "comprometido" con el promedio, y no tiene los jugadores más caros, o los "último modelo". La masa, los impuros, al final pueden marginar, discriminar, juzgar a sus semejantes, y todavía seguir jugando el juego de los "sueños", el "compromiso", el pisar el jardín hoy para tener uno mañana. El equipo del bingo, el bazar, el altruista, el que juega por los necesitados, sin derecho a entender de hacer afición, saber de hinchada, aguante, "folklore", está ahí, jugando frente al equipo "auténtico", "tradicional", propietario de la pasión, orgullo, sentimiento a todas partes, "aguante hasta la muerte"; por el "scudetto", haber sido el mejor del reino; y el equipo diferente, está tomando la actitud, la respuesta, que el "auténtico" no da, porque no se ha enterado, está en su nube, como el avaro de navidad. El diferente, con sus manos, su piel desnudos, al frío, está haciendo del balón una fiesta, conquistando media cancha, dando una estocada, y otra, aunque no marque en el tablero; el diferente está predicando la escencia del juego, conseguir las cosas sin poner los codos en la mesa, imprimiendo con los trazos más firmes, y también delicados; ese diferente, aunque no alce una copa, o dé una vuelta, ese es un ganador, el ganador.